Cinema Paradiso


El italiano Giuseppe Tornatore había debutado entre buenas críticas con El Profesor, pero dejó impreso su sello eterno en el celuloide con Cinema Paradiso, una auténtica joya del cine contemporáneo (1988) que obtuvo el Oscar a mejor película extranjera. Anecdótico bagaje para el sobresaliente trabajo de su director y guionista, su música, sus actores. La película plasma con maestría la tierna amistad entre un hombre de edad madura (Philippe Noiret) y un precoz amante del séptimo arte (Salvatore Cascio). La evolución de esta relación queda patente en el crecimiento de Totò, interpretado por Cascio en la infancia; por Marco Leonardi durante la adolescencia; y por Jacques Perrin en plena madurez. A través del pequeño y de su mirada pícara, ambiciosa y libre de prejuicios, Tornatore destapa con precisión y belleza un gran tributo al cine. Este homenaje visual y sonoro (inolvidable banda sonora de Morricone) abre con honores esta sección en YateCasting.

Totò es un niño huérfano de padre, que vive tiempos duros junto a su madre y su hermana en un pequeño pueblo italiano. La modesta localidad gira en torno al cine Paradiso, que da nombre a la película y lustre al argumento. Es el protagonista real para Tornatore, que relata su desarrollo con la misma sensibilidad artística que el de sus actores. Por la noche, la gran sala reúne con frecuencia a los parroquianos, agolpados en sus butacas y de pie en las últimas filas, para ver las grandes producciones de la época. Por la mañana, el indulgente párroco visualiza previamente las películas para suprimir la vergüenza. Censura contra algunos de los besos más famosos de la gran pantalla.



El éxito del cine como entretenimiento y conector social explota ante los ojos fantasiosos de Totò. El personaje evoluciona hacia sus sueños durante dos horas en absoluto excesivas. Crece su íntima amistad con Alfredo (imponente Noiret) en la sala de proyección, mientras la realidad sociopolítica afecta a ambos. El trasfondo cinematográfico se mantiene intacto en espíritu, aunque tampoco evita las afecciones externas. La crisis, la guerra, la vejez, la televisión. Los años pasan y las realidades cambian el cine y a las personas.

Conmovido por sentimientos y sensaciones, Tornatore guía al espectador hacia un rotundo y glorioso final. El Totò adulto (Perrin) vive lejos de su infancia y de sus primeros recuerdos hasta que una llamada de teléfono devuelve todo ese pasado. Las imágenes afloran a cuenta gotas en su memoria y en la nuestra hasta la última secuencia del montaje, un reconfortante estallido emocional que acompaña a uno de los mejores desenlaces de la historia del cine, así como una de sus más destacadas síntesis visuales. Cine, de verdad.


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