Barry Lyndon


A Stanley Kubrick (1928-1999), nunca le importó demasiado la opinión pública. Su inigualable talento como director se plasmó en una quincena de películas, la mayoría de las cuales son referencias en la industria. ‘Atraco perfecto’, ‘Espartaco’, ‘Lolita’, ‘2001: Odisea en el espacio’ o ‘La naranja mecánica’ centraron la parte más prolífica de su carrera y condensaron su inteligencia en historias a contracorriente, planos subversivos y una música embriagadora. Por todos es conocida su alta exigencia con el equipo de rodaje. Su difícil carácter. Y su claridad intelectual. Una representación magnífica de su ideología es ‘Barry Lyndon’, una obra cuidadosamente enmarcada en el cine de época.



Kubrick adaptó la novela de William Thackeray con gusto extremo, dirigió con holgura un reparto encabezado por un sólido Ryan O’Neal y reflejó en la pantalla encuadres muy cuidados y estéticos, casi pictóricos. La historia de Barry Lyndon transcurre acompañada de una música soberbia (merecedora de uno de los cuatro Oscar que ganó el largometraje) y entre paisajes naturales de Gran Bretaña que atrapan desde el principio. Normalmente, Kubrick supedita los personajes al contexto casi siempre protagonista. En este caso, la recreación del siglo XVIII bajo un guión formidable no puede ser más creíble.

Barry Lyndon es una película de época, sí. Pero para construirla, Kubrick rompió todos los moldes existentes hasta entonces. El estadounidense actuaba con arrogante desparpajo tras la cámara, en rebelión ideológica con sus coetáneos. En ‘Barry Lyndon’ no hay regalos emocionales ni concesiones en el desenlace. La historia empieza, transcurre y finaliza como debe, siendo esta cualidad tan lógica una rémora en gran parte del cine contemporáneo. Durante tres agradables horas, el espectador asistirá al nacimiento de un personaje humilde, a la pérdida de su inocencia, a su ambición desmesurada, a sus aventuras. La delgada línea que corre entre el éxito y el fracaso es patente durante esta biografía ficticia.

Para Kubrick, la sociedad y el poder siempre fueron argumentos fílmicos. Sus personajes esconden sentimientos irracionales, aprendidos y contagiados. ‘La Naranja Mecánica’ sirvió como plataforma libre de expresión para sus pensamientos más escandalosos. Hoy en día, su impacto es menor, fundamentalmente por la profusión de imágenes similares en otras tantas películas. No obstante, sigue siendo una obra completísima, más allá del morbo superficial. ‘Barry Lyndon’ no provocó de la misma manera, aunque su aportación siga vigente con la misma trascendencia. Simplemente, es el trabajo de un director innato y perfeccionista al que el cine adeuda eternamente. Antes de irse, dejó otros tres títulos muy significativos: ‘El resplandor’, ‘La chaqueta metálica’ y ‘Eyes Wide Shut’. Pero Kubrick ya se había hecho inmortal mucho antes.

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