El gran dictador



El planeta giraba oscuro y belicoso en los años treinta. La resaca de la Primera Guerra Mundial había enfermado el planeta de rencor y venganza entre pueblos; la Segunda Gran Guerra se atisbaba próxima. Aun sin tiempo para valorar sus auténticas cifras colaterales (también las frontales), sir Charles Spencer Chaplin se enfundó de valentía para acometer su obra más crítica y mordaz. En 1940, ‘El gran dictador’ asombró al mundo que escapó a la censura.



Sin Chaplin, el cine sería distinto. Sus amplias aventuras como Charlot, el entrañable personaje que lo ha inmortalizado, y algunas obras supremas (‘Tiempos modernos’, ‘Luces de la ciudad’, ‘El chico’, ‘El circo’, ‘La quimera del oro’) hacían testimonio de una aportación incomparable al primer cine, todavía mudo y carente de muchos medios. El ingenio fue el clavo ardiendo de los pocos que, como Chaplin, podían permitirse tal empresa.

‘El gran dictador’ sobresale en su currículo como transición hacia el cine sonoro. Chaplin se adapta a las nuevas necesidades de la industria en la cúspide de su carrera en Hollywood, donde ya había eternizado sus mejores productos. Sin fisuras en el salto, el londinense inventa una historia despampanantemente mordaz para plasmar la advertencia de un trasfondo político, económico y social trágico y real.

Adenoid Hynkel gobierna en Tomania bajo principios raciales, dictatoriales y clasistas, mientras su álter ego verídico, Adolf Hitler, lanzaba Alemania contra el mundo. Chaplin cede metraje al retrato de Benito Mussolini, fantásticamente encarnado por Jack Oakie como Benzino Napaloni, tirano de Bacteria; y de otros indeseables íntimos del führer: Joseph Paul Goebbels es Garbitsch, pronunciado en inglés como ‘garbage’ o basura, y el Mariscal Hermann Wilhelm Göring, Herring.

La sátira de Chaplin contempla todos los detalles. La esvástica nazi luce en la película como una doble cruz (representa el engaño), los rigurosos saludos quedan reducidos a esperpénticos juegos de brazos, sus tácticas asemejan divertidos juegos de niños y la trascendencia de sus decisiones es aplacada por la potestad del director. Implicado por su naturaleza británica (ya en guerra declarada contra Alemania) y sus raíces judías (insultados, perseguidos, asesinados), Chaplin desdobló sus esfuerzos.

Como barbero judío, cual Charlot, resulta entrañable, inocente y tenaz. Como Hynkel, grotesco y amenazante. Ese punto de partida permite el desarrollo de dos identidades físicamente idénticas, aunque espiritualmente opuestas. Una absurda confusión provoca un involuntario cambio de roles que termina con el dictador en un campo de concentración y el barbero en pie frente a los regimientos nacionalsocialistas.

Antes del conmovedor discurso final (algo inédito en su cine), Chaplin curtió algunas secuencias desbordantes de talento. Un afeitado apurado y riguroso al son de Brahms deja sin aliento, mientras que la pantomima del dictador jugando con un globo terráqueo absorbe por la complejidad del mensaje.

La despedida del genio universal no puede ser más directa. Bajo la careta de un dictador, Chaplin recupera su identidad ante la audiencia de Tomania (Alemania, el mundo) y esgrime la inutilidad y sinrazón de la guerra: “La sabiduría nos ha dado el cinismo, nuestro ingenio nos ha hecho duros y faltos de bondad. Pensamos demasiado, sentimos muy poco. No necesitamos tanta maquinaria sino más humanitarismo. Y más que ingenio necesitamos bondad y dulzura. Sin estas cualidades, la vida es violenta y todo está perdido”.


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