Sobres lacrados

Después de los Goya llegaron los Óscars y las dispares reacciones a las que estamos acostumbrados año tras año. Entre ellas, el mismo comentario de siempre, repetido hasta la saciedad: “No creo que sea la mejor película del año”. Ok, probablemente no lo sea. Nadie puede afirmar nada con rotundidad en ese sentido, porque ya sabemos que es cuestión de gustos. ¿Quién dijo que la ganadora del Óscar sea la mejor película del año? Es a la que le tocó ganar el premio. Los académicos eligen lo que les gusta, les interesa, les emociona, les sorprende o les da de comer. Podemos estar más o menos de acuerdo con el resultado, pero discutirlo apasionadamente (llegando al extremo de afirmar que suelen ganar los peores) es darle más importancia a los premios: lo contrario de lo que se pretende.
Si la industria de Hollywood no nos hubiese pretendido convencer de que la gigantesca promoción de los  Óscars convirtiese a los ganadores en los mejores del año, nadie sentiría la necesidad de arrastrarlos por el fango. Sin pretensiones de generalizar en este sentido, sin duda más de uno que expresa su desprecio por la dorada estatuilla, daría lo que fuera por pisar la alfombra roja. Me creo más la actitud de Katherine Hepburn, que no recogió ninguno de sus cuatro Óscars, que la de quien sabe que nunca llegará allí. Los premios de la Academia son un apoyo a la industria, en los que pesa tanto la popularidad como el talento. A veces se hacen concesiones a los “films de arte”, aportando un barniz de prestigio que nunca viene mal al evento. Ganar un Óscar no significa que uno sea el mejor ni el peor.
Y lo mismo pasa con los Goya, pero en versión reducida.  Este año ha llegado a las puertas del Óscar el corto de ficción “goyizado” en el 2013. No ha podido ser, pero seguro que caerá tarde o temprano un brillante muñeco desnudo para un cortometraje made in Spain. Aparte de lo que hemos comentado sobre la ceremonia de la pasada edición, el éxito del reestreno de “Vivir es fácil con los ojos cerrados” nos lleva a recordar que el desprecio y el cachondeo con que gran parte de los profesionales del cine español se tomaron las primeras entregas de los “cabezones”, se terminaron el año en que “Días contados” (Imanol Uribe, 1994), que no tuvo en su estreno el éxito esperado,  triunfó tras ganar el Goya a la mejor película. Incluso varios periodistas habían asegurado que el premio era un error, porque no serviría de nada. Eso eran cosas que solo funcionaban en Hollywood.
Ahora que ha vuelto a suceder, recordamos de nuevo porqué los profesionales conceden importancia a los premios. Una película que no funcionó en su momento ha sentido el empuje que no pudo darle una campaña de promoción incapaz de competir con la fuerza omnipresente de las majors. Aún está lejos el día en que al pedir un café nos den un sobre de azúcar con el cartel de una película española, en vez de la cara del hijo de Will Smith. El film de Trueba es una comedia triste, sencilla (no simple), que tal vez no era para tanto, ni para tan poco. Es a la que le tocó ganar. 



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