'Con faldas y a lo loco'



Billy Wilder seguirá sonriendo allá donde permanezca su conciencia. El director y guionista polaco, consagrado y afincado en Hollywood, soltaría alguna carcajada inmaterial recordando sus historias. Situaciones surrealistas delirantes recorriendo áreas de asociación cerebral imperfectas, capaces de interpretar realidades inexistentes. La mente de Wilder era sin duda magnífica, rebosante de un ingenio creativo poco habitual.

Su talento floreció junto a máquinas de escribir de tecla dura. Avalado por sus primeros guiones y las excelentes críticas de sus trabajos en ‘Ninotchka’, ‘Bola de fuego’ y ‘Si no amaneciera’, y atraído por la idea de convertirse en director, Wilder comenzó su prolífica carrera en los años 30 (‘Curvas peligrosas’). Ya entre los cuarenta y cincuenta, en plena ebullición profesional, aglomeró los cimientos de un sólido porvenir.



‘Perdición’, ‘Días sin huella’, ‘El crepúsculo de los dioses’, ‘El gran carnaval’, ‘Testigo de cargo’… Crítica, taquillas y academias premiaron y situaron a Wilder en el Olimpo que el propio director había reflejado en hermosa decadencia tras la cámara. La suya aún tardaría en llegar.

Despidió la década de los cincuenta con un proyecto osado, quizá difícilmente realizado sin la ascendencia que ya había alcanzando. Una historia de mujeres musculosas (Jack Lemmon y Tony Curtis) y millonarios simpáticos (inolvidable Joe E. Brown) podría fácilmente derivar en el ridículo, aunque el don de Wilder convertía lo absurdo en divertido.

Recreada en plena Ley Seca, la historia presenta a Joe y Jerry, dos músicos que son testigos de un crimen perpetrado por la mafia. En plena huida y sin trabajo, aceptan travestirse para formar parte de una orquesta femenina. Alejados de sus perseguidores, estas musculosas mujeres estrechan lazos con sus compañeras. Incluso con las cuadrillas de millonarios que revolotean alrededor.

Marilyn Monroe (Sugar Kane) interpreta el arquetipo de sí misma con naturalidad y un magnetismo inequívoco, que convirtió su simple caminar en legendario. En la película, se enamora de un falso millonario, mientras uno verdadero pierde la cabeza por la musculosa Daphne (brillante Lemmon). Nadie podría imaginar otro final para esta magnífica comedia.

Ni siquiera Wilder, que tanteó varias hipótesis para el clímax final. Dirigió hasta los 75, aunque su procesador de historias siguió encendido hasta los 96. Un siglo de Billy Wilder bien vale cien años más de cine.

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